Las largas veladas del invierno se pasaban alrededor del hogar con grade fego. Como no teníamos aparato de radio; los hombres a esgranar panizo, las mujeres a hacer punto de media.
Mi hermana y yo le pedíamos a nuestro padre, nos contara viejas andanzas de él y su pandilla, ya que ni al café ni a la taberna podían ir por no tener perras.
Ahora que soy mayor, deduzco que hacían algo de Quijotes, corrigiendo cosas que no estaban bien hechas. Veréis.
En la Plaza vivía una señora ya mayor. No digo su nombre porque no quiero herir a nadie.
A esta señora la observó la pandilla de mi padre, que todas las noches con su linterna de aceite, se iba de casa. Menciono la linterna porque aún no había luz eléctrica.
Cosa inusual en aquellos tiempos salir de casa a ese horario.
Sentados estaban la pandilla en la calzada que empieza el Pellerique, cuando apareció la antedicha señora. Al llegar junto a ellos levantó su linterna para conocerlos; pero no los conoció.
¿A dónde irá esta abuela a estas horas?. Si se cae, ¿quién la ayudará?. Vigilarla esta semana a ver si continúa con sus saliditas a esta horas.
A la siguiente semana, a la misma hora y a la misma salida, esperaron su regreso en el cubierto de Tío Torres, hoy de Don Pascual.
Los mozos según costumbre llevaron una varica muy delgada y larga
Cuando apareció en el empedrado nuestra rondadora abuelita, los mozos se pusieron la mitad en cada lado. Los unos o los otros le tocarían con sus largas varas la mano que llevaba la dejarían caer al suelo. Y así sucedió
¡Ay que me ha pasado¡. Gracias que no me he caído y estoy cerca de casa.
Los chicos la observaron y nada malo le ocurrió.
Yo creo que le dieron una buena lección. De que no debía salir de casa a esas horas y en su edad.
MANUELA SIERRA