viernes, 13 de enero de 2006
Por disnait a las 20:54
Como la casa de cada persona su arreglo, limpieza, etc.; así, un pueblo necesita, y es los mismo, que limpien, pongan el árbol de navidad, que nos entierren, etc
En mis tiempos también había un guarda forestal. El que guardaba frutas y todo de los campos, de las manos de los amigos de lo ajeno.
El guardia, joven y buenas piernas, rondaba todo el término, y conocía el amo de cada finca. Siempre llevaba su catalejo.
Cuando ya las uvas estaban sazonadas, nuestro guardia vio una mujer con su grandecica cesta, que iba por el campo. La siguió con su mirada..y ¡ho¡ sorpresa: se mete en una hermosa viña. Espolsó su cesta, puso unas hojas en la cesta, y se puso a cortar uvas para ir llenando la cesta
Nuestro guardia fue con rapidez y se escondió detrás de unos carrasquizos
Cuando ya iba a irse, le dice:
- “Fulana”, no te vayas. Quiero ver las uvas que has cogido.
-Sólo he cogido aquí dos uvas.
-Te estoy vigilando desde que has esposado la cesta, y la has llenado aquí. Esta noche ya te llamarán de Casa de la Villa
- Ay, no me lleves a Casa de la Villa. Yo te daré el dinero que me pidas.
- A mí me pagan para que guardo todo lo del campo. Adiós.
Y se fue. Al anochecer fue avisada nuestra señora en Casa de la Villa. Le impusieron una multa; y aquella noche dormir en un cuarto que servía de varios usos: para cárcel de causas no graves y para depositar los muertos que se traían del campo
Este cuarto estaba en los bajos de Teleclub con un reja grande.
-Me voy a morir de miedo esta noche,
Le dijo nuestra mujer al señor Alcalde
- Te permitimos una acompañante que sea ajena a la familia.
Le dijo el señor Alcalde
Mientras todo esto se discutía en Casa de la Villa, mis queridos bisabuelos estaban contentos. La abuela Carmela había matado un conejo, y al haber estado todo el día el abuelo en el campo, venía con muy buena ganica. Y la abuela había hecho un buen arroz. Ya habían puesto en las escullidas a cada uno su ración, cuando pegaron a la puerta. Cosa inusual en aquel horario. Abrió el abuelo y entra un hombre. Les explica lo que esta pasando, que él, venía a pedirles un favor. Que si quería la abuela ir a quedarse la abuela aquella noche con su mujer en la cárcel. La abuela le dijo que sí quería acompañarla.
Nuestra vendimiadora pasó la noche muy apesadumbradamente gracias a la sonrisa afable y bondadosa de la abuela Carmela que la alegraba un poco. Mi abuela Soledad, que era una niña, también quiso ir con su madre a la cárcel.
El tiempo fue corriendo y en poco espacio de tiempo, a los buenos abuelos se le murieron dos mulicas que tenían, y éstos estaban tristes.
Estando la abuela cogiendo hierba en su bancal, que aún es de la familia, apareció el amo del otro bancal que juntaba. Le dijo que ya le daría él cuatro onzas y a ella se le iría la pena de las mulas.
¡Vete de mi bancal¡, del que adoro. El que mis padres me dieron de dote cuando me casé. ¡Vete, que no tienes conciencia. Sólo egoísmo¡
en un pueblo pequeño todo se sabe. Se enteró de lo ocurrido en casa de mis abuelos la señora de las uvas, y allí se presentó.
- Me he enterado de que se querían quedar con tu bancal
Se mete la mano en el bolsillo bajero y saca tres onzas
- Con esto te solucionas o mañana te subo más. No quiero me pagues rento, y cuando bien puedas, me lo devuelves.
La abuela se quedó muy agradecida con aquel hermoso rasgo que ésta tuvo.
Perdonarme por nombrar tanto a mi familia. Yo creo que también gusta airearla, y veáis que siempre han ocurrido cosas extrañas en la vida, y que siempre ha habido gentes de corazón generoso y amantes de hacer el bien al prójimo, como acompañarla en aquella soledad.
MANUELA SIERRA
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