jueves, 23 de noviembre de 2006
Por disnait a las 23:54
EL COLAR
El transcurrir del tiempo nos trae nuevos modos de hacer la tarea de las cosas. Por ejemplo la limpieza de la ropa
Refiero hace 70 años.
Las sábanas, camisas, enaguas, toallas, etc, todo esto hecho de lienzo. Estas ropas requerían ser coladas, no bastaba darles unas jabonadas. Para ello era necesario el tener cantidad de ropa sucia o para colar.
Esta faena solía hacer tres veces al año; y las mujeres más pulidas, unas cuatro veces.
Cuando se gastaban sarmientos de cepa para hacer fuego esta ceniza era la estimada para colar. A ésta la cernían para que no hubiera ningún carboncico y la echaban en un saquico de ropa. Este se ponía a lo alto de cuezo o cocio. Éste ya lleno de ropa, el proceso era el siguiente:
El caldero grandecico con sus buenas estrudes en la mitad del fuego; lleno de agua; la que una vez bien caliente era repartida a los dos cocios que había, uno a cada lado del fuego. Éstos un poco altos para poder colocar una caldera u otro cocio pequeño que en algunas casas los había sólo para este menester
Una vez colocado todo correctamente, se iniciaba la tarea. El asunto era que los dos cocios chorraran continuamente, pues éstos llevaban su chorrillo. En alguna casa recuerdo que de este chorrillo iba el agua al caldero del fuego con una canalcica de hoja de lata. Esto evitaba trabajo. Ello sólo adquirido por las más pudientes o más pinchas.
Esta faena costaba casi todo el día. Una mujer echar agua del caldero a los cocios y de lo que ellos salía al caldero. De la ceniza tanto mojarla con agua caliente, despedía un agua eslizante, o sea, lejía natural y ropa quedaba blanquísima con un olor que sabía a limpieza
Esta ropa se lleva al lavadero para aclararla y ésta quedaba desinfectada y blanquísima
Los parientes, ya enterados de la tarea, acudían al final de la tarde. La dueña previamente ya tenía el rescoldo del fuego. Una buena asada de patatas, unos cuelgos de manzanas, unas olivas, peras, uvas; y entre todo buena voluntad, armaban media fiesta sin faltar el porrón con su flojo vino de casa. Éste era el rey de la mesa
Esta tarea era humilde, pero como se tenían amor, todo resultaba alegría. Cada uno contaba sus aventuras, cuentos o chascarrillos ocurridos. Al no conocer otras cosas, con esta sencillez eran felices.
MANUELA SIERRA
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