lunes, 02 de abril de 2007
Por disnait a las 22:56
LOS VECINOS
Mis queridos amigos. Mi cariño hacia mis vecinos, hace que os cuente algo de sus vidas
Fueron unas bellísimas personas, humildes, sencillas; pero muy humanas y buenas
La Tía Acera, o sea, Josefa, madre de once hijos, me contaba que muchas noches con la linterna; (aún no había luz eléctrica); en la acequia del molino, cerquica de su casa, lavaba sus camisicas y alrededor del fuego, una en cada silla, las secaba para el día siguiente ir a la escuela limpicos
Entonces la plaza era el lugar para jugar y encontrarse
El señor alcalde, entonces Joaquín Planas, decía: los chicos que más limpios van, son los de la Tía Acera
La Tía María la Ventera, fue, como si dijéramos, la reina de la calle. Siempre tuvo su puerta abierta, para ayudar a sus vecinos; que mucho lo necesitaban
La Tía Palomara, de corazón grande. Cuando hacía mostillo, que eran vaseros, procuraba sacarlo del tarde para que todos los chicos de la calle fuéramos a rader el caldero
La Tía Antonica, a la que muchísimo quise, cuando mi madre se iba al corral después de haber estado cosiendo en su puerta todas las vecinas, ella me cuidaba y yo me alegraba. Me cogía en su alda y me arrullaba contra su pecho. Un día me di cuenta que algo raro tenía en su cuello; que aquel bulto tan enorme que llevaba; ninguna de las demás vecinas lo llevaban
Tía Antonica, qué tiene en su cuello?
Que me pasé un huevo de gallina entero¡
Mi gordica y tierna manica la pasaba por su cuello
Esta niña tiene la manica como la seda
Os contaría un sin fin de cosas de mis vecinas
La Tía María la Ventera no tenía hijos; y le gustaba pasar la tarde de pequeña fiesta con sus vecinas.
Cuando en el bancal de las Señoritas, que era la finca desde el río al camino de la Umbría y si estaba sembrada de patatas y los bledos nobles al salir ya medían quince centímetros, llamaba a sus vecinas y preparaban la fiesta. Las Señoritas, previamente avisadas; esta finca estaba toda vallada. Allí si ellas no abrían, nadie podía entrar. Dos o tres vecinas cogían los bledos, otras los limpiaban y la Tía María ponía el calderico del matacerdo al fuego para cocer bien los bledos, ella, luego los aliñaba sin escatimar en aceite, preparaba dos mesas en el cuarto, o sea, en la calle. Dos platos de olivas verdes y negras. La Tía Palomara, agua miel, la Tía Acera, nueces, una cestica de ellas, la Tía Antonica no me extraña, bajara orejones, que a nosotras nos daba, que tenía algún presquero
Todas procuraban poner alguna cosa y al final la tía Acera, bailaba el baile del enano, cosa que hacía maravillosamente
Recuerdo muchas cosas de esto, lo cual me causa inmensa alegría
MANUELA SIERRA
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