LAS FUENTES
Todos sabemos que el agua además de necesaria para vivir, es la alegría de la vida
Yo antes, creía que no había ningún pueblo sin río
Nuestros antepasados quisieron que ni sus esposas ni hijas tuvieran el trabajo de acarrear todo el agua que se consumía en la casa
El Ayuntamiento creyó conveniente hacer dos fuentes. Los habitantes solicitaron que se hicieran en sus calles:
Los solaneros, en el patio o en San Nicolás. La calle del Rosario, en el Replacino de las Pacas o en el Puente; otros en el Pellerique, en la calle de la Morera o en la Replaceta; en la calle del Horno o en la Abadía
Revisadas todas las peticiones; acordaron hacer dos fuentes. Una en la pared del Tele Club; en frente del puente; y otra en la pared de la casa del cura. Ésta aún existe, conduce el agua desde el depósito hasta la fuente por tubería de vajilla o loza; y sale el agua muy buena, nunca caliente
La fuente de abajo tenía la tubería de metal y siempre se le tuvo algo de ojeriza
Al poner el agua corriente por todo el pueblo, a ésta la inutilizaron. Tenía un abrevadero estrechito, desde la fuente hasta la esquina de las escuelas y de allí al lavadero que aún existe. Cuando se iba al campo, las caballerías bebían e igualmente cuando regresaban. Ese abrevador lo diseñó mi abuelo, que era segundo alcalde. Lo criticaron y le decían el Polaco
-¡Más vale que les de más cebada a los machos, que no tanta agua¡
El agua sobrante pasaba al lavadero y nada se desperdiciaba
Cuando estas fuentes empezaron a conducir el agua, estaban todos contentísimos. El ir a la fuente costaba menos tiempo que el ir a la acequia del Hinchidero
Como siempre ha habido gente pincha que quieren salir con la suya; y a todos no se les puede contentar; una señora dijo, y lo cumplió; que ella nunca iría a la fuente a por agua, por no haber puesto una donde ella lo solicitó
También la fuente fue punto de encuentro entre la juventud. Al anochecer los mozos acudían al Pilón de los Caídos. Entonces era diferente que ahora. Y allí se sentaban hasta que las mozas acudían a buscar el agua. Se acercaban los unos y las otras y no faltaban risas. Las mujeres mayores que esperaban su turno para llenar sus cántaras, pasaban mientras los mozuelos contaban sus andanzas y riéndose alegraban a los demás
El mozo que cortejaba a una moza la acompañaba hasta la esquina de la calle más cerca de su casa. Ésta llevaba la cántara de Calanda al lado izquierdo y la botija de beber en la mano derecha. La moza ni se enteraba que iba tan cargada
Como esta costumbre ya la tuvieron nuestros padres, a nadie extrañaba que dos jóvenes estuvieran en la esquina próxima a su casa
Siento en el alma que aquellas viejas costumbres se hayan olvidado
MANUELA SIERRA